Essomba (2012), argumenta que a partir de la segunda mitad del siglo XX, comienzan a aumentar los movimientos migratorios debido a la prosperidad de esa época y a los procesos de descolonización. Durante los años sesenta y setenta, Francia y Reino Unido son los países que reciben mayor población inmigrante. Durante la siguiente década, se ponen en primera posición, respecto a la acogida de inmigración, países como Alemania y Suecia y, finalmente, durante los noventa, aumenta la población inmigrante en países del norte mediterráneo como España, Portugal o Grecia.
Según López (2003), citado en Essomba (2012), “los países que tienen más población son los que cuentan con más personas extranjeras (Alemania 7,2 millones, España 5,2M, Reino Unido 4M, Francia 3,6 M e Italia 3,4M)” (p.15). Más recientemente, y teniendo como referente a Essomba (2012), en 2008, la agencia Eurostat calculó que Europa acogió a 30,7 millones de extranjeros, aunque cabe concretar que no todos proceden de terceros países, sino que parte de ellos son ciudadanos que se han desplazado de un país europeo a otro. Tras conocer estos datos se puede afirmar que una de las características de Europa es la inmigración, tanto por motivos económicos y/o de trabajo como los demandantes de asilo y los refugiados. Esta realidad social ha provocado en estas últimas décadas una transformación a nivel político, social y económico.
Según Essomba (2012) existe una tensión entre las políticas de inclusión dirigidas a la inmigración y las prácticas sociales de la ciudadanía en general ya que, aunque cada vez en menor medida, la sociedad autóctona de un país puede sentirse amenazada o desplazada ante este tipo de medidas, que pueden ser tomadas tanto a nivel europeo como a nivel estatal, y esto lleva a los ciudadanos a sacar su carácter más racista o discriminatorio. Sin embargo, la visión que tiene la mayoría de la población europea de los inmigrantes es significativamente dispar a la realidad. Prueba de ello es el informe publicado por el PNUD en 2009, que lanza los siguientes datos: visto en Essomba (2012) en el mundo hay 200 millones de migrantes internacionales, de los cuales sólo 70 han pasado de un país pobre a uno rico. Por lo tanto, las 130 millones de migraciones restantes se corresponden con movimientos entre países con el mismo nivel de desarrollo. Otro ejemplo que nos proporciona dicho informe es que gran parte de los europeos siente como si en nuestro continente se estuviera produciendo una invasión africana, cuando en realidad, es menor al uno por ciento la cantidad de africanos que ha emigrado a Europa.
Así los datos aportados en líneas anteriores nos remiten a pensar a nosotras ,futuras maestras, cual es la respuesta que la escuela y en consecuencia la sociedad, da a los/ hijos/as de estas personas inmigrantes.
Estos niños y estas niñas deben ser escolarizados en nuestro país. La adaptación es necesaria tanto para ellos como para los/as alumnos/as del propio país. Nuestro sistema educativo necesita una serie de revisiones respecto al tema de la diversidad cultural, la ruptura de situaciones de monoculturalismo. El papel de la escuela es fundamental para crear una nueva sociedad intercultural.
Según García y Saura (2009), la opción de interculturalidad plantea tres elementos correlativos de su acción pedagógica:
1. Una pedagogía centrada en el alumno, que le permita sacar provecho de la diversidad de pertenencias del público escolar.
2. Una pedagogía activa e interactiva, basada en la realidad y en las necesidades del entorno socio cultural.
3. Una pedagogía abierta y capaz de desarrollar competencias interculturales.

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